Un deepfake es un contenido sintético —vídeo, imagen o audio— generado o manipulado mediante técnicas de inteligencia artificial, normalmente redes generativas adversariales (GAN) o modelos de difusión, para imitar de forma hiperrealista el rostro, la voz o los gestos de una persona. El resultado puede mostrar a alguien diciendo o haciendo cosas que nunca ocurrieron, con un grado de verosimilitud que dificulta distinguirlo del material auténtico.
Su importancia es doble. Por un lado, ofrece usos legítimos en cine, doblaje, accesibilidad o restauración audiovisual. Por otro, plantea riesgos serios:
- Desinformación y manipulación política o mediática.
- Suplantación de identidad en fraudes y estafas (por ejemplo, clonación de voz para autorizar pagos).
- Vulneración de la intimidad, especialmente con contenido sexual no consentido.
En la práctica, detectarlos es cada vez más complejo, aunque existen herramientas que analizan inconsistencias en parpadeos, iluminación o artefactos digitales. La tendencia regulatoria, como el Reglamento de IA de la UE, exige etiquetar este tipo de contenido para proteger al usuario.